Vuelvo al trabajo tras dos semanas de ausencia. Al pisar el hospital aprecio los aromas característicos de un servicio como es el de cuidados intensivos y recibo las intrucciones de cuidados de mi paciente con una mezcla extraña de tedio e incredulidad. Nada ha cambiado.
Allí se concentran en un auténtico crisol humano las arriesgadas conductas que convierten tu trabajo en un manjar carente de sabor. Desde el astío acumulado por curtidos profesionales que no encuentran estímulos en un trabajo aislado y poco motivador a las torpezas negligentes de muchos perdidos. Actitudes chulescas, estirpes interesadas, sinvergüenzas sin camuflaje efectivo, lobos agazapados y muchas y variadas ovejas. Cinco figuras desfiguradas, otras tantas errantes, varios profetas de curtida e ingenua holgazanería, y ecos intermitentes que disfrutaban de un buen café.
Así que me limpié las gafas. Seguía sin gustarme lo que antaño ilusionaba. Tarareé canciones que acicalaban mis postjucios y volví a emprender mi marcha con renovada inocencia.
Una enfermera enjuagaba el pelo con ternura. Improvisados consortes reservados compartían esfuerzos con inusitado regocijo, charlas triviales repartían cómplices y anheladas sonrisas. Agradecidas miradas se escondían entre lágrimas de impotencia, reverencias innecesarias y un regusto a caramelo en todo aquello que mis dedos tocaban. Muchos volcanes apagados mantenían intacto algo de su calor y medio sobre de azucar decidió hacerme compañia.
Nunca fue fácil pasar una jornada en éste hospital. Pero me encanta.
Atónito ante el teléfono, el eco de su sonido continúa retumbando en mi cabeza, como pequeños martillazos previsores que me aconsejaban recordar. Los traspiés vespertinos no se habían diluido lo suficente en la memoria como para poder continuar disimulando el sentimiento de impotencia que ahora me embriaga. Y sin embargo, contesté la absurda llamada.
Ahora soy yo el que decide. Ahora no puedo culpar a los demás por mis miedos. Ahora volveré a hundir la cabeza en el lodo hasta notar como el barro comienza a afectar mi renqueante respiración. La transcripción de un sentimiento en palabras se me antoja ya solo como una pantomima de mi comportamiento. Un escudo quebrado que ahuyenta unos golpes demasiado poderosos. Tan brutales que me es imposible no notarlos.
Noto la derrota. Se me nota a veinte leguas de aquí. Al fin y al cabo, el mundo está poblado de perdedores. Y aun entonces, recuerdo que no lucho por convertirme en un héroe. No quiero medallas, reconocimientos ni elogios. No busco gestas ni alabanzas que valoren más mis acciones que a quien las ha realizado. Es obvio el papel pendenciero que me ha tocado interpretar en ésta cotidiana historia.
Los caminos que recorría no le llevaban a ningún sitio. Llevaba horas dándole vueltas a la cabeza en una búsqueda infructuosa de cordura que comprendía que nunca iba a alcanzar. Siendo las circunstancias tan simples, no llegaba a entender la tozudez de aquellos que se empeñaban en entorpecer el natural flujo de las cosas. No pedía mucho. Apenas una muestra de cariño, un gesto, una caricia desinteresada. Una constatación efímera de que los restos humeantes de aquella persona que algún día quiso le valieran para dejar de sentir que todo fue una equivocación, dulce y pueril, pero equivocación.
Así que asumió su papel como tantas otras veces y miró al cielo para ocultar sus húmedos ojos. Tenía que ser fuerte. Tenía que valerse por sí mismo, luchar, aferrarse a su instinto. Tenía que ser quien quería ser y sabía que nadie mejor para acometer tan ardua gesta que aquel gladiador consciente de su cruel y fatídico destino. Una odisea nada épica, incapaz de inspirar a ilustres poetas a plasmar en obras de bellezas etéreas.
Besó. Asintió apenas con la cabeza cuando oyó entusiasmos triviales. Acarició. Y emprendió de nuevo su marcha.
Al llegar a sus tierras, pudo comprobar como el aroma de las castañas comenzaba a regocijar de nuevo su corazón. Se fijó en lo bien que le hacía sentir las cosas pequeñas. Las que recorren nuestra mirada sin apenas llamar la atención a los distraídos. Y entonces recordó. Y sonrió. Ya se encargaría él mismo de narrar lo que a ojos de todos sería aburrido.
Cuando en una película acariciar unas manos simboliza una dolorosa frustración fácilmente reconocible por todo aquel que haya amado decido guardarla en mi pequeña colección joyas cinematográficas. 500 días juntos, o mejor dicho (500) Days of Summer, para aquel que la hay disfrutado con todos sus matices, está desde hoy mismo en ese saco de películas mágicas que se caracterizan por pincelar realidades cotidianas con un realismo duro y cercano que golpea sin piedad a todos aquellos amantes que han dejado de pisar el suelo con sus utopías crepusculianas.
A lo largo de su metraje uno disfruta (o no), de idas y venidas, de amores y desamores y, sobre todo, de ilusiones y desengaños. A fin de cuentas, la vida no es el musical que siempre quisimos protagonizar. Ninguno de nosotros tiene el poder, por fortuna, de decidir por los demás lo que nos conviene o lo que debiéramos ambicionar. Desde el momento en que lo consiguiéramos dejaríamos de amar a la persona adecuada para envenenar a un sucedáneo de lo que siempre añoramos.
Tan solo la mirada condenatoria de un niño, incapaz de entender la globalidad de un sentimiento tan poderoso y destructivo como es el amor, puede ser capaz de decorar con sensatez los acontecimientos relatados hasta hacernos caer en la cuenta que la vida no es nunca como a nosotros nos gustaría que fuera, sino más bien lo contario. De nuestra actitud para asimilarla dependerá en gran medida nuestra felicidad.
Las palabras introductorias del autor al comienzo del relato dan buena cuenta de aquello que nos espera:" Lo siguiente es una obra de ficción, cualquier parecido con algún personaje vivo o muerto es pura coincidencia, especialmente tu Jenny Beckman, Zorra.". Cómicas en un inicio, comprensibles y empáticas después.
Poco más que recomendar ésta pequeña película que pasará desapercibida para el gran público. Pero, ¿acaso no es ese hecho también parte de la dura realidad?
Cuando arrastras un pasado problemático y cuestionable debes asumir la certeza de que tus actos quedarán custodiados de por vida. De nada me servirá la condena cumplida sobre mi húmeda almohada. Los estigmas sangrantes continúan anticipándose a mi sinceridad y se encargan de prevaricar con humillante desidia a mis errores nunca olvidados.
Tengo que vivir con ellos. Aparecen y se ocultan en llamadas telefónicas, en paseos vigilados, en imágenes evocadas. Los veo y me escondo de ellos, aún a sabiendas que sus cadenas van a chirriar a su caprichoso antojo. Me torturan, me atormentan y me hacen llorar. Yo sumiso les dejo que lo hagan en una fingida catarsis que parece ya eterna, como buscando aliviar esta fatigosa carga que rivaliza con la de Atlas. Pero aun así, mis heridas sangran.
¿Hasta cuando? Me pregunto cada mañana, en una búsqueda estéril de respuestas interiores. ¿Va a calmarse esa tempestad? suplico mientras apoyo mi cabeza en el espejo. El viento se empeña entonces en refrescarme la habitación y corro las cortinas para que me haga compañía. Buenos días parece susurrarme.
Hay ruido por todas partes. Voces en la calle, músicas obligadas y coches afónicos que no hacen más que oponerse a mis ansias anacoretas de sosiego. Niños que gritan pidiendo atención, viejos que callan asumiendo su niñez y cláxones que ladran por mostrar su conocida impotencia. Mi vecina grita a la del quinto que ponga la televisión, cuando lo único que se me antoja necesario es el cerrar los ojos y acompañar con pensamientos salvajes las vociferaciones que me alcanzan desde debajo de la puerta. Gritos pidiendo calma y silencios rogando holas.
Me introduzco en una burbuja. Aquí todo es distinto. Estás tú.
Y como heroína forzada de directores daneses, hago acopio de ritmos inarmónicos y vuelo con ansias de ingenuidad hacia lugares familiares que giran en torno a ésta taza de café. ¡¡Qué me gusta su aroma!!.
Ocurre en contadas ocasiones. Dejas de encontrar las palabras adecuadas y la impotencia te oprime. Todos los pensamientos acumulados mantienen una estructura ordenada y coherente pero, sin embargo, no encuentras la forma de expresarlos. Y te sientes inerte y taciturno por momentos. Entonces ocurre, o quizás quieres que ocurra. Una canción en el momento apropiado, una secuencia determinada de una película maravillosa, los párrafos aislados de libros personales, elementos externos que se configuran en paradigmas de tus ideas silenciadas. Aquellas que te aterran o avergüenzan mostrar en público.
Durante esta semana he descubierto uno de esos grupos españoles que injustamente no estarán en las listas de éxitos de las radiofórmulas. Grupos minoritarios, por fortuna para los que nos gusta, que dejan plasmada en sus composiciones un gusto exquisito por lo cotidiano y terrenal, alejados de sus opuestos panfletistas que gritan a los cuatro vientos sentimientos irreconocidos. Bandas coherentes que narran con sutileza, o no, la ternura o desgracia en las relaciones humanas, el instinto, la desesperación y las catársis a las que se ven sometidos aquellos que luchan por encontrar un sentido a la vida en su vida. Y lo consiguen, si entendemos por consecución el transmitir vivencias hasta hacerlas propias. Ocurre en contadas ocasiones, y con MacEnroe me he emocionado ésta semana.
Nunca pensé que fuera tan difícil. Y sin embargo lo está siendo.
Y eso que era consciente de los temblores que balanceaban el puente en que nos movemos. Veo a uno y otro lado zarandeadores que no pararán hasta que uno de los dos apoye su brazo en el suelo. Su esencia, su encono y sus súplicas no serán saciadas puesto que no existe tan colmado maná. Son muchas las generaciones que los preceden, muchas las heridas no cicatrizadas que riegan tierras áridas. Son entes fantasmales que no aceptan su nueva situación, tratando de trivializar lo que ni yo mismo puedo trivializar.
Pero me caracteriza mi estoica resistencia. Mil grietas asoman ya en mi cara, mostrando cansancio y experiencias como trofeos de guerras no ganadas. Mil noches insomnes. Mil lágrimas con mil lamentos. Miles y miles de por qués sin un solo porque. Pero ya conoces que sin ser un Leónidas tengo flema de espartano y rindo cuentas en mis peculiares batallas aun sabiendo que mi destino siempre andará coloreado de noches.
Forjaré una nueva espada ante mis recurrentes enemigos. Hierro y fuego contemplaré como aliados en la eterna gresca a la que hago frente. Usaré piedras si es necesario. Pero, te lo ruego, no dejes de iluminar mi camino.
El tiempo pasa y nos moldea sin piedad. Lo que fuimos ayer deja de tener sentido cuando uno parte de pilares arenosos. No quiero renegar de mis miedos y conflictos. Dejaré que las líneas reflejen quien soy ahora, para poder comprenderme mejor mañana