Atrás, a mi espalda, se oía el tronar de los cielos en furiosa armonía, como trompetas de bronce que anunciaban caravanas de elefantes. El fugaz resplandor lo abarcaba todo, iluminando el horizonte en un poderoso alarde de coquetería divina. Desde mi habitación alcancé ver a lo lejos los sauces temblorosos por el viento que rugía, emulando mis músculos su estremecedora e inquietante danza. Sentado en una esquina, empecé a notar en mis mejillas las gotas cayendo desde el tejado, representando una amalgama de salados fluidos al fundirse con mis llantos.

Y temí  volver la vista atrás. Noté con certeza el erizo de mi piel inerte por el persistente frío, susurrándome rumores de olvidadas tempestades que guardaba en mis recuerdos. Acobardado, amarré con fuerza mis dolidas rodillas con mis brazos, escondiendo la cabeza como un niño ante aullidos, buscando el superfluo amparo materno. Todo giraba a mi alrededor, llevando los recuerdos en ovales puñaladas que laceraban los restos de mi cordura. Todo parecía nitido, visible, doloroso otra vez.

Agarré un crucifijo. Mi interesada fe volvía a ser mi única compañera. Sollozé promesas que, como antes, sabía que no iba a cumplir. Y alcé la mirada hacia la negrura. Tuve que apartar los restos de mis lágrimas con el puño cerrado. No podía creer la frescura de los débiles rayos de sol que me sonreían con dulzura.