Los efectos embriagadores de un buen vino me nublan la conciencia. No llego a perder la cordura, si es que alguna vez la tuve. Soy esclavo de mi razón y trato de guiarme por sus consejos.Sin embargo, noto como se debilitan aquellas ataduras mentales que, con más frecuencia de la que quisiera, me inhabilitan para conceder una oportunidad a mostrar mis sentimientos en voz alta. Padezco de timidez, como muchos tantos, y he encontrado en las letras una vía para destapar esencias que se reconocen en mis miradas.

Sorbo a sorbo me deleito con el paladeo de la vejez en barrica. No soy entendido, pero aun con las limitaciones de mi ignorancia sobre la esencia de los caldos asimilo que la virtud de compartir una copa radica en el verbo. En confirmar que el dulzor que acompaña tus labios no dista demasiado del que pueda saborear quien esté a tu lado. Quizás bajo esas condiciones de rendición serena termino por deshacerme de mis coartadas y mostrarme tal y como soy.

Ahora duermes. Y yo continúo con esta deleitosa emanación. Estás aquí a mi lado, serena y consciente de la dicha que nos enajena. Tu lenta y armoniosa respiración tiene el poder de ahuyentar los miedos que me acechan y que, ahora, no recuerdo. Lejanos en el tiempo, mis fantasmas aúllan incrédulos ante mi reciente lograda amnesia y se preguntan el cómo permitieron emancipar a una presa tan evidente en aquel lejano destello. Mueves el brazo para reconfortarte con las sábanas, suspiras, abres los ojos y me sonríes. El amago desaparece entre bostezos y continúas viajando hacia la realidad, tan distinta al sueño en el que ahora yo me encuentro.

Todos me decían que estaba loco. Pudiera ser, no lo niego, pero siempre he sido un loco testarudo