Atónito ante el teléfono, el eco de su sonido continúa retumbando en mi cabeza, como pequeños martillazos previsores que me aconsejaban recordar. Los traspiés vespertinos no se habían diluido lo suficente en la memoria como para poder continuar disimulando el sentimiento de impotencia que ahora me embriaga. Y sin embargo, contesté la absurda llamada.

Ahora soy yo el que decide. Ahora no puedo culpar a los demás por mis miedos. Ahora volveré a hundir la cabeza en el lodo hasta notar como el barro comienza a afectar mi renqueante respiración. La transcripción de un sentimiento en palabras se me antoja ya solo como una pantomima de mi comportamiento. Un escudo quebrado que ahuyenta unos golpes demasiado poderosos. Tan brutales que me es imposible no notarlos.

Noto la derrota. Se me nota a veinte leguas de aquí. Al fin y al cabo, el mundo está poblado de perdedores. Y aun entonces, recuerdo que no lucho por convertirme en un héroe. No quiero medallas, reconocimientos ni elogios. No busco gestas ni alabanzas que valoren más mis acciones que a quien las ha realizado. Es obvio el papel pendenciero que me ha tocado interpretar en ésta cotidiana historia.

Pero aún así,  tengo que seguir luchando.