Cuando en una película acariciar unas manos simboliza una dolorosa frustración fácilmente reconocible por todo aquel que haya amado decido guardarla en mi pequeña colección joyas cinematográficas. 500 días juntos, o mejor dicho (500) Days of Summer, para aquel que la hay disfrutado con todos sus matices, está desde hoy mismo en ese saco de películas mágicas que se caracterizan por pincelar realidades cotidianas con un realismo duro y cercano que golpea sin piedad a todos aquellos amantes que han dejado de pisar el suelo con sus utopías crepusculianas.

A lo largo de su metraje uno disfruta (o no), de idas y venidas, de amores y desamores y, sobre todo, de ilusiones y desengaños. A fin de cuentas, la vida no es el musical que siempre quisimos protagonizar. Ninguno de nosotros tiene el poder, por fortuna, de decidir por los demás lo que nos conviene o lo que debiéramos ambicionar. Desde el momento en que lo consiguiéramos dejaríamos de amar a la persona adecuada para envenenar a un sucedáneo de lo que siempre añoramos.

Tan solo la mirada condenatoria de un niño, incapaz de entender la globalidad de un sentimiento tan poderoso y destructivo como es el amor, puede ser capaz de decorar con sensatez los acontecimientos relatados hasta hacernos caer en la cuenta que la vida no es nunca como a nosotros nos gustaría que fuera, sino más bien lo contario. De nuestra actitud para asimilarla dependerá en gran medida nuestra felicidad.

Las palabras introductorias del autor al comienzo del relato dan buena cuenta de aquello que nos espera:" Lo siguiente es una obra de ficción, cualquier parecido con algún personaje vivo o muerto es pura coincidencia, especialmente tu Jenny Beckman, Zorra.". Cómicas en un inicio, comprensibles y empáticas después.

Poco más que recomendar ésta pequeña película que pasará desapercibida para el gran público. Pero, ¿acaso no es ese hecho también parte de la dura realidad?