Cuando arrastras un pasado problemático y cuestionable debes asumir la certeza de que tus actos quedarán custodiados de por vida. De nada me servirá la condena cumplida sobre mi húmeda almohada. Los estigmas sangrantes continúan anticipándose a mi sinceridad y se encargan de prevaricar con humillante desidia a mis errores nunca olvidados.
Tengo que vivir con ellos. Aparecen y se ocultan en llamadas telefónicas, en paseos vigilados, en imágenes evocadas. Los veo y me escondo de ellos, aún a sabiendas que sus cadenas van a chirriar a su caprichoso antojo. Me torturan, me atormentan y me hacen llorar. Yo sumiso les dejo que lo hagan en una fingida catarsis que parece ya eterna, como buscando aliviar esta fatigosa carga que rivaliza con la de Atlas. Pero aun así, mis heridas sangran.
¿Hasta cuando? Me pregunto cada mañana, en una búsqueda estéril de respuestas interiores. ¿Va a calmarse esa tempestad? suplico mientras apoyo mi cabeza en el espejo. El viento se empeña entonces en refrescarme la habitación y corro las cortinas para que me haga compañía. Buenos días parece susurrarme.
Imagén de Lawrence OP


Escribe un comentario