Mucho podría contar sobre una película tan compleja como es El secreto de sus ojos. Podría empezar a diseccionar la elaborada factura de un guión maravilloso, la inteligente y compleja disposición de las cámaras durante el transcurso de la obra, acompañadas de una facturación técnica inmejorable o la acertada y mágica interpretación de cada uno de los personajes que integran la trama. Análisis técnicos que no domino muy bien, puesto que disfruto de las películas sin que su modo de producción me impida verlas como un producto bien facturado más que como una historia formidable.

Yo prefiero empatizar con ellas. Buscar aquellos detalles que confieran a la historia ese hechizo por el cual dejas de ver unos personajes interactuando para sentirte tu mismo parte de la trama, con su sufrimiento y sus momentos de regocijo. Como cuando sueltas una sonrisa tímida y escondida al mismo tiempo que acercas tu mano a tu mejila para ocultar tus lágrimas. Esos momentos en los que dejas de ser un espectador indiferente para transformarte en un amigo que solamente escucha.

El secreto de sus ojos está llena de esos momentos encantadores. Es un regalo de miradas escondidas y, claro está, de secretos. De esos que todos ocultamos y que entendemos aun sabiendo que su negación formará parte de nuestra respuesta ante los demás. A lo largo de sus quince minutos de duración (aunque he leído que dura dos horas) te envuelves en una atmósfera atemporal en la que exiges a la pantalla que actúe, que te imite y en la que llegas a temblar cuando compruebas lo complicado que resultan las cosas más simples. Algo así como lo que nos pasa a todos.

La trama, es lo de menos. Hay un caso judicial que resolver y de eso va la película. Pero creo que es lo menos interesante de la obra. Se disfruta más sabiendo que El secreto de sus ojos va sobre eso. De Secretos y de Miradas.