Quizás si miro atrás en el tiempo quede desilusionado. Veo allá a lo lejos a un niño con tímidas ambiciones que ansiaba cumplir con premura, con un apetito voraz que no sería saciado hasta alcanzar lo inalcanzable. Me veía navegando por mares en veleros solitarios, recorriendo a pie murallas y catedrales de extrañas culturas contradictorias, acudiendo a ceremonias solemnes que premiaran mis obras por su belleza, originalidad o aportaciones a la humanidad. Recogía premios, los donaba y conseguía ser admirado y envidiado a partes iguales en una muestra insana de ingenua vanidad.
Pero aquí estoy, apoyado en el sofá con un ordenador en las manos escuchando música extraña. Sigo con mis largas jornadas hospitalarias (no las amistosas, sino las otras), cuido niños en mi tiempo libre que ha dejado de serlo y mi mayor ambición para esta semana consiste en escribir varios artículos en la página, disfrutar de una película en versión original y tomarme una copa de vino acompañado. Las capas de polvo se han ido acumulando y ya me impiden apenas moverme de éste lugar.
Me tacho de vulgar. Es una vida opuesta a lo soñado. Las promesas que me hacía no han hecho más que resquebrajarse en mil pedazos y esparcirse a lo largo del salón donde se escuchan los ecos de Bon Iver. Así que lamento entre sollozos y recojo esos pedacitos con cariño. Al fin y al cabo sigue siendo mi vida y continúo navegando por mares en veleros solitarios, recorro murallas y catedrales y acudo a ceremonias solemnes. La diferencia está en que no necesito el resto.


Escribe un comentario