Recuerdo hace años, cuando vi aquella película del fantasma enamorado, que me angustiaba la idea de no poder tocar. Mi obsesión con las manos transformaba la esencia de dejar la vida para convertirte en un ser etéreo que vaga por las calles en busca de justicia en una simple y aterradora cuestión táctil. Claro está que el protagonista poco a poco va descifrando los códigos de conducta que todo aquel buen fantasma debería conocer para vivir entre los difuntos pero, hasta entonces, su naturaleza se había desfigurado en un auténtico martirio.
Ayer me pillé un dedo. Podría adornarlo con catastróficas metáforas de dolor y sangre infinitas, que lo hubo, pero fue una simple y vulgar rotura de uña. Claro está que lo escribo y lo leo y, sobre la marcha, paso página entendiendo que la dolencia es poco menos que infantil. Pero Duele. Y lo que es peor, he muerto. Así, sin mas. No puedo tocar nada sin que me fustiguen mil demonios con látigos engarzados con arpones de espinas, por lo que el simple gesto de lavarme mis manos se transforma en una auténtica odisea.
Así que no puedo estar mucho tiempo con el dedo en su posición natural, cargar pesos ligeros con esa mano, rascarme una parte de la espalda, pulsar la tecla A con naturalidad, rozar tu cuello como costumbre, pelar papas ni mucho menos picar cebollas, hacer las camas (deshacerlas si), jugar a la wii, a la play y a aquellos electrodomésticos que siguen acumulando polvo. No puedo hacer todas esas tareas que tan poca importancia tienen cuando estás capacitado para hacerlo pero, analizándolo con tranquilidad, tampoco es tan malo cuando lo hacen por ti.
A éstas horas de la mañana me doy cuenta que me he vuelto un mimoso.


Escribe un comentario