Hablas por teléfono y sólo recibes ecos. Retales de ilusiones que te encantaría se plasmaran en hologramas que tocar y disfrutar. Meras copias de realidad que me servirían de placebo en periodos de soledad, de poblada soledad . ¡Que le voy a hacer! La vida tiene esas pinceladas surrealistas en la que lo simple queda distorsionado por una realidad machacona e inevitable.

Aun así me conformo. Soy de esos conformistas o, más bien, dedico mis energías a buscar pepitas de chocolate en galletas que, de otro modo, siempre sabrían amargas. Me va bien así. Soy esclavo de un carcelero implacable que conoce mis debilidades como si fueran las suyas. Que de hecho lo son.

Así que coloco los labios y silbo aunque queda poco aire en mis pulmones. Noto como, a tientas, el aire trata de colarse por los resquicios de mis dientes y pese a que no consigo oír nada a través de ellos, te acercas lentamente por mi espalda, acaricias mi cuello con firmeza y me silencias con tus dedos. El miedo desaparece difuminado entre tus besos.