Pude verla allí. Elevada entre cadáveres me sonreía aunque sus facciones aun reflejaban las heridas acumuladas. Tenía un aura especial de la que se sabía vencedora, con un brillo en su mirada que cegaba incluso a aquellas criaturas que buscaban refugio entre entrañas y cavernas. Sus manos temblorosas se alzaban al horizonte, casi como intentando agarrar las estrellas que estaban ya a su altura. Entonces alzó la mirada y comenzó a jadear.

Los campesinos corrían para empezar la agasajarla con cofres llenos de alhajas y tesoros de diversa procedencia. Traían frugales manjares, copas doradas colmadas de los más dulces vinos de la región y sedas suntuosas de países orientales. Ella asentía con complacencia aunque sin demasiado interés mientras se sentaba en el suelo con una brusquedad extraña en sus movimientos.

Entonces me percaté de sus heridas. ¿Cómo no me había dado cuenta antes?. Corrí a su altura y le pedi permiso para enjuagarla y tapar el sangrado con compresas. Gimió al notar el escozor de mis lágrimas en sus laceraciones, así que me aparté asustado. Mi rubor me impidió reaccionar con rapidez por lo que volví a pedir perdón. Ella, tapándome los labios con sus temblorosos dedos acercó su cabeza a la mía y entonces me susurró casi de manera imperceptible: "Gracias".

Yo empecé a llorar.