Suelen ser testarudas las ideas. Cuando sonreía por el sosiego conquistado tal día como hoy ellas emprenden una nueva ofensiva y me arrastran consigo para perderme entre sus artimañas. Parece que encontraron una rendija por la que filtrarse y llevarme de la mano a una nueva conversación entre mis lágrimas y la pantalla.
Los caudales del desánimo son poderosos. Acompañados por las melodías de Quique González se sientan a mi lado notándose confortables, casi como si reconocieran los recovecos de mi cara. Aprovechan los surcos bajo mis mejillas y la rodean con brazos traicioneros. Consiguen implantarse en ellos, mantenerse perennes mientras son nutridos por raices de pequeños contratiempos. Crecen y crecen y crecen.
Por fortuna el desánimo vive amnésico en su avaricia. No es capaz de aprovechar las fisuras conquistadas y desertan en medio de motines de importancia variable. Cuando inciden en bregar por quien es quien en el ámbito de las preocupaciones cotidianas se olvidan tapiar el cerrojo de mi optimismo. Ese que lleva años impregnándose de energías en los más aridos emplazamientos. Ese alquimista que transforma chillidos en música, compromisos en placeres y el cansancio en sonrisas.
Para muestra, la de ahora.


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