Fue a primera hora de la mañana, al poco de notar las frías líneas de agua recorrer sus mejillas, cuando se percató que la persona que la miraba desde el espejo no hacía más que sonreir. Unos claros destellos intermitentes modelaban la gracia en sus ojos y le incitaban a recorrer con ellos una dirección cotidiana que ya empezaba a transformarse en rutina.

En la yema de sus dedos una crema hidratante de fingida frescura se esparcía con suavidad. Esperaba cumplir su misión en el momento oportuno, poco después de la necesaria limpieza y la agresiva exfoliación. Frente a ellas, en la repisa reposaban diversas variedades de pontingues y unguentos con dispares destinos que aguardaban su celosa oportunidad. Mejillas y ojeras, enjuagues y gárgaras, olores varios no transpirables, pasta de dientes con sabor a menta y un poco de fijador. Competencia desleal ante adversarios indomables que cuentan con años y años de razones.

Y allí se miraba de nuevo. Y volvía la sonrisa. Y ésta le delataba.

Por más que quisiera ocultarlo no podría contener la fuerza que impregnaba esa mirada. En esos ojos se distinguían surcos ya marcados. Erosiones en montañas caprichosas que reflejaban vientos, mareas y tempestades.  Huellas infantiles refjlejadas en cemento fresco que aguardarán la caída de nuevas lluvias. Cortes perpetrados con piedras afiladas en cortezas de árboles asustados. Y todas los estigmas acumulados confabulando en feroces aquelarres para hacerse notar en perpetuidad.

Entonces el agua volvió a recorrer su rostro y notó que estaba más fresca que nunca.