Hoy ha sido una jornada larga y tediosa de trabajo. Por algun motivo que se me antoja esquivo, todo salía al revés de lo que pretendía. Nada grave, es cierto, pero un cúmulo de contratiempos inesperados terminaron por limarme la moral hasta acabar bastante enfadado con todo y con todos, teniendo especial énfasis en convertirme en un ansiado martir merecedor de todas las condenas y torturas imaginables.
Atrás quedaban estos últimos días en que, como si apareciera lunas llenas tras nubarrones artificiales, emergía mi desatada furia por motivos que, ahora en calma, se revelan como inocentes diferencias de opinión. Como madre defendiendo a sus cachorros, veo amenazas en manos que sólo tratan de alimentarme y tan sólo en un ademán de dignidad, pude apartar los ojos para empezar a llorar. De miedo, rabia, impotencia o simplemente, por que ya iba siendo hora.
Aun así, el espectáculo debía continuar y dibujé sobre mi descuidada cara una sonrisa incómoda que, a los pocos minutos, se desenmascaró para recordarme que la vida fácil era poco más que un engaño. Lavado de cara, maquillaje simulado y entrada en el hospital. Panorámica sobre mi eje. Tedio cotidiano
Para entonces ya había comenzado una espiral de sinsabores, malos entendidos, dimes y diretes, rebeldía sosegada, injusticias paleativas, esperanzas efímeras y un delicioso croasant que paladeé de una manera un tanto aséptica. El paso de las horas sólo me premian con la contemplación del paso del tiempo. Eso y una anécdota trivial que quizás, sólo quizás, pudiera parecer un brote verde en medio de este desierto:
Me quedo mirando el comportamiento desesperado de una compañera de trabajo y veo en ella una imagen nítida y rechazable. La de una persona que ha perdido toda la esperanza y que vaga solitaria a la espera de una simple y factible ofrenda.
La invité a un café y dijo que no. Tendré que evitar esos caminos.


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