Cuando uno pasa largas horas de la noche trabajando experimenta unos estados de ánimo muy variables que transitan entre la locura eufórica y la más absoluta de las desazones anímicas que uno puede llegar a imaginar. Por momentos las melodías que contagian la música de tu reproductor consiguen un halo de exitación que difícilmente el cafe puede llegar a alcanzar y, sin embargo, el paso de las horas puede llegar a dinamitar tu cordura hasta el punto en que te cuestionas el sentido último por el que estás aquí manteniendo el tipo.
Es curioso el momento en el cual te da por reflexionar. Podría decir que es parecido al delicioso instante en el que pasas tu antebrazo por debajo de la almohada y empiezas a repasar punto por punto lo acontecido en el día anterior. Tus miedos y tus deseos aparecen para confundirte y planeas oleadas de ideas que se difuminaran al ritmo de tus cansino parpadeo. En esos instantes de la noche, en el cual tu vigilia te impide, a veces, dar una cabezada, analizas lo que eres, lo que fuiste y lo que vas a ser desde que recibas un poco de aire libre.
Todas tus beligerantes discusiones se disuelven en el agua de tu calmado cariño. Todas tus punzantes preocupaciones se despiertan en esperanzadoras oportunidades y los muchos momentos de infortunio no llegan a superar la barrera de la naturalidad cotidiana, de nuestro estado inherente de martires aficionados.
Así que todos y cada uno de los problemas que tendré que superar en estos próximos días serán esquivados sin que apenas transmitan esencias de agobio. Empezaré por el primer paso, el más importante de todos en estos instantes. Introduciré el antebrazo bajo la almohada y cerraré un caleidoscópico ciclo que me reciclará en otra nueva persona cuando despierte. Y entonces, sólo entonces, me tomaré un delicioso café y abriré las ventanas para disfrutar de un brillante día en el que todo será parte de mi.


Buen sentido frente a la vida. Ahora mi antebrazo derecho lo tengo lastimado; la mitad de mi cuerpo no duerme bien. Sobrevivo con la otra. Saludos. H.
Es cuando al final te das cuenta de que formamos parte de un mecanismo cuasi perfecto queno es otro que el Universo. Y sonríes entre los torbellinos.