Hace bien poco me atreví a escribir un correo. Por norma general no suelo hacerlos salvo que el motivo que me impulse a ello sea el intercambio de información o el envío de una broma o curiosidad. Digamos que mi cuenta de correo electrónico se encuentra vacía de amistad y llena de polvo virtual. Pero, por algun motivo extraño, sentía la necesidad de escribir ese correo y aproveché un momento de soledad compartida para hacerlo.

Fue difícil hacerlo. Tenía miedo y verguenza ante una pantalla. Era consciente de que el envío de unas simples palabras de cordialidad podían generar expectativas de barro o que la ilusión puesta en cuatro o cinco frases inconexas fueran recibidas con tibieza, lejos del ansia que suponía para mí una entrega de mi opaca vida hacia los demás.

Pero no tardé más de un párrafo para empezar a escribir. Quiero decir, la transformación de la pura formalidad de las letras a una deliciosa y cálida semántica llegó de manera natural y, al poco tiempo, nada de lo que ocurría alrededor distrajo el transcurrir de esa escritura. Me sentí a gusto con mis dedos, con mis letras. Quizás influyo de forma decisiva el hecho de la vuelta a éste espacio. Quizás no. Tal vez estaba deseándolo con ansias desde hacía ya algún tiempo.

El caso es que me contagié de entusiasmo. Y terminé por dejar que esas palabras me invadieran con su poesía hasta que me acerqué al teléfono. No pude más que añadir:

- No me conoces. Soy David, que sorpresa, no?

Y la alegría que recibí en el auricular aun me está palpitando dentro.