Una sociedad manipulada y manipuladora. Una época vergonzante que busca resarcirse de sus purgas empañando la imagen del espejo, aquel capaz de mostrar la verdadera realidad.

Stephen Daldry vuelve a sorprenderme como hizo años atrás con las horas al mismo tiempo que me desliza entre emociones contagiosas como con la añorada Billy Elliot. En esta obra, candidata a cinco premios de la academia, Daldry nos sumerge en la historia de Michael Berg (David Kross), joven de 15 años que entabla una relación prohibida ante la sociedad con Hanna Schmitz (Kate Winslet) , mujer que le dobla la edad. Cada uno de ellos siente una sincera admiración y deseo por el otro y son conscientes de la dificultad que entraña ese idilio en la Alemania de finales de la década de los treinta. Las precauciones, los miedos, el destino y la naturaleza juegan en contra de los amantes pero el azar guarda para ellos un reencuentro en unas condiciones completamente ajenas a la soledad de sus cálidos y lejanos encuentros.

No busquen respuestas a lo que se van a encontrar en la pantalla. El director se encarga de acariciarnos con sucesivas pinceladas de ocultas realidades en las cuales, como insinúan en un momento clave de la película, nos provocan y preguntan cómo actuaríamos estando en su lugar. Por decirlo de otro modo, nos obliga a que dejemos de lado nuestros preconcebidos y políticamente correctos juicios de valor hacia los actos de los demás y nos invita a adentrarnos en la mente de esas personas que el destino ha querido unirlas en el momento más inadecuado.

Miedos, recuerdos, verguenzas, reproches, purgas y confesiones. Es muy fácil unirse a la multitud para ocultar la vista ante lo evidente. La manipulación de la sociedad no dista demasiado de la de los sujetos individuales y todos, en algún momento, hemos caído en sus poderosas garras mientras aprovechábamos para despedazar con los dientes a los incautos despistados.