Cuando aun se oyen los ecos del paso de los elefantes por mi agraviada sensatez , comienza a relucir nuevas y más feroces batallas a mi alrededor. Peleas sin cuartel y sin vencedores, a las cuales contemplo con sincera benevolencia y amarga empatía. Riñas razonadas hacia lo absurdo. Pugnas perdidas aun antes de ser ideadas. Muestras humanas de visceralidad.
A través de dos frentes veo el derrumbe de sendos proyectos. Cada uno de ellos maquillados por el tiempo, ese amigo de la verdad que muestra su impasibilidad desaforada. Imagenes plasmadas en una caverna que no son más que reflejos de los que han aprendido a mirar con otro tipo de agudeza, aun a riesgo de ser timados por las percepciones y sus frecuentes artimañas.
Tras momentos de absoluta ventura han decidido poner freno al engaño. Y dan palos de ciego en búsqueda de una explicación que no conseguiran encontrar. Yo los miro y me muerdo la lengua. Soy incapaz de orientar a aquellos que están tan extraviados como lo estuve en su momento. Aun recuerdo las miles de cuerdas que me tiraban al oscuro foso en el que fingía consumirme y el daño que sufría cuando mis manos se desgarraban al aferrarme a la mentira.
Ahora, en la distancia, sólo me acerco a sus desconocidas caras. Rozo con mis dedos sus húmedas mejillas, fruncidas de perennes lágrimas y les susurro al oído aquello que tanto me protegió en su momento y que me hacía arder en humillante dolor cada vez que lo escuchaba:
"Estoy aquí"


Y si supieras cuánto te comprendo...