Mis ausencias son notables. La constante sequía del tiempo se diluye entre los anhelos del falso trobador al que trato de imitar y los titanes de la calma y la ambición no ceden en su empeño de recordarme que no hace poco escogí el camino de las letras y que, sin ellas, todo se muestra más sombrío.
Pero odio claudicar. Y constantes estrellas iluminan mi sendero. Me orientan y desafían para que prosiga con mis pasos. Ante esa luz cegadora sólo la reverencia evita la humillación y me excuso con habituales excusas que muestran mi conformidad con los reproches.
Prosigamos.


Adelante, pues.