Debo reconocer mi desconocimiento absoluto del personaje de Harvey Milk. No había oído hablar de él y sí de otras figuras clave en la historia reciente de los Estados Unidos y, por imitación, del resto de la sociedad occidental. Habíamos conocido la historia de Malcom X, Larry Flint y tantos otros inconformistas ante la sociedad que los maniataba, pero parecía como si no interesara el importante papel que ejerció en la sociedad el primer político norteamericano en declararse abiertamente homosexual.
Hasta hora, el papel de los gays en el cine se limitaba a la amiga chillona y divertida de la protagonista, de gran corazón y apoyo incondicional, al asesino reprimido que busca una salida visceral a su desgraciada vida o a coloristas reinonas que animaran cualquier fiesta que se preciase.
Claro está, todo con matices. Ben Hur, Espartaco y tantas otras insinuaban de manera más o menos clara unas relaciones peculiares entre sus protagonistas. Y ahora, tras la explosión de Brokeback Mountain (con uno de los momentos más maravillosos de la historia del cine regalados por el tristemente fallecido Heath Ledger) se empieza a trivializar el papel de los homosexuales en la gran pantalla tal y como son. Personas que aman, odian, sufren y hacen sufrir. Es decir, personas a secas.
En la nueva obra de Gus Van Sant nos muestra las inquietudes del maduro Harvey Milk, que a punto de cumplir los cuarenta entra en una especie de crisis existencial y se pregunta que es lo que ha hecho con su vida. Decide dar un giro a la misma y comienza a reivindicar sus derechos como persona libre, harto de que se le discrimine por su orientación sexual. Para ello empleará todas las armas necesarias para luchar de tú a tú con una sociedad que no le quiere.
La película narra de una manera casi documental los acontecimientos que llevaron a Harvey Milk a la concejalía del ayuntamiento de Castro y rápidamente se aleja del planteamiento homosexual para universalizarse y demostrar que, en todo momento, uno puede ser señalizado por su color de piel, su procedencia o sus ideas religiosas pero que, en una sociedad cerrada como la estadounidense de los años setenta, y la de ahora también, la verdadera revolución en la que hay que embarcarse es aquella que empieza en uno mismo, en aceptarse tal y como uno es y apartar todos los miedos que nos maniatan y nos impiden desarrollarnos como realmente nos gustaría.
Sean Pean inconmesurable como siempre, con una calcación mimética de la voz y los gestos del genuino Milk, lidera a un acertado elenco de secundarios (Diego Luna, Emile Hirsch...) que se muestran siempre a la altura, con un grado de mesura necesario para no distraer la atención del espectador. A su lado, a la par incluso, se encuentra el cada vez más solicitado Josh Brolin, interpretando al concejal Dan White, con la difícil misión de dar vida a la delicada ambiguedad moral de un personaje como el suyo, tan lleno de contrastes y tan reconocible en cualquier ámbito laboral, donde la frontera del interes y la amistad se diluyen sin que apenas te des cuenta.
No llega a ser una película que cause entusiasmo. Se podría tachar de fría por la crónica detallada de unos hechos y, peor aún, efectista en algunos momentos en los que se busca la emotividad facilona de un telefilm. Pero no puedo negar que me ha encantado conocer, e incluso admirar y envidiar, a ésta persona que un buen día decidió enfrentarse a todo y a todos por pelear por algo en lo que creía.