Anoche recibi una llamada inesperada. Un viejo amigo decidió volver a entrar en un círculo del que nunca debió salir. Casi había terminado la jornada y, de imprevisto, el móvil decidió darme esa grata sorpresa.
Allí estaba él, con su voz entrecortada, mostrando de nuevo el entusiasmo que lo caracteriza. Volvimos a hablar de nuestras pequeñas cosas. De los tiempos pasados y los que no tenían que haber pasado. De las bondades de lo pequeño y las excelencias de lo extraño. Volví a ponerme el parche en el ojo para reiniciar con él el abordaje y recordar cómo, con frecuencia, la paciencia conlleva su merecido premio y cómo bajo las capas de dura piedra se puede alojar preciosas obras de arte pendientes de descubrir.
Los reproches sonaron a disculpas. Las palabras no dichas sólo generan silencios y olvido y no estabamos dispuestos a perder la oportunidad de oir de nuevo nuestras voces. Quizás vuelva a pasar meses hasta que nos volvamos a hablar de nuevo. Pero ya no será necesario oirlo para saber que ha vuelto a tocar la puerta y que, esta vez, no dejaremos que se cierre.
Lo que más siento es no haber sido yo quien hiciera esa llamada.
Sigue regalándonos tu mirada. Qué decir ante tu modo de ver las cosas.