Doy por seguro que éste será mi último artículo del año. Esta noche trabajré de nuevo, pasará las horas en vela y mañana terminare echo polvo, dando tumbos después de despertar y con pocas ganas de lanzarme a una nueva historia. Podría darse el caso de que en un momento dado de la madrugada me siente frente al ordenador, pero no será para ésto.

Este año ha sido, de nuevo, complicado. El curso del rio ha seguido erosionando todo a su paso, pero ya hay un cauce bien delineado y vemos correr mucha agua hacia el mar. A lo largo de el camino ha arrasado con bastantes fortalezas que se mantenían inamobibles desde hace un tiempo ya, pero la naturaleza sigue su destino y no todos entendemos el por qué lo hace de ese modo.

A aquellos cimientos desparecidos les pido la más sincera disculpa. No es necesario dar muchas explicaciones ya que considero que he sido franco cuando he tenido que serlo y que ya es el momento de cortar los lastres que impeden a todos volver a volar. Lamento mucho el daño derivado de mis acciones. Cualquiera que me conozca un poco entenderá como cuesta conciliar el sueño cuando sabes que has dañado a personas que quieres con sinceridad.

Una de las terribles consecuencias de mi expiación radica en el hecho de dejar atrás la fortuna de oír ronquidos y vocecitas nocturnas. Se echa mucho de menos y complica el camino hasta hacerlo borroso de las lágrimas. Pero entiendo, y confirmo, que la felicidad de todos se las ingenia para ponernos estas pequeñas trampas que creemos ahora opacas. Ya se empieza a ver sus frutos. La sensación de abandono me abandona. Y el cariño se ha multiplicado, con lo que ellos recibirán lo que nunca quiero que les falte.

A pesar de ello, no puedo más que afirmar lo precioso que ha sido el año que termina. Y las enredadas madejas que convierten el año en especial te encuentras tú y en el aporte de tu presencia en lo que me rodea. Como explicar lo que supone el mirar a tu alrededor y observar la afirmación en los ojos de tus padres. En la fiesta continuada que supone tu llegada a casa. En la suma y no la división. En lo que ambiciono y tengo y lo que aprendo y refuerzo. Sabes lo que te quiero, y eso bien vale una pelea conmigo y con todo lo que me ha rodeado.

Hace un año caían lágrimas al acorde de las campanadas. Este año también lo harán, como ahora al escribir esto. Pero que dulce saben éstas al rozar mis labios.