Uno va acumulando años y empieza a moldear su visión de la vida. Lo que antes se antojaba prioritario, se muestra con el paso del tiempo con una naturaleza más trivial e, incluso, banal, quedando apartado a un segundo plano, en donde ya nada de lo que hacías genera el adjetivo marcado de la exclusividad . Cualquiera que me conozca sabe perfectamente mi devoción hacia los videojuegos, por poner un ejemplo. Sigue ahí, intacta. Latente y a la espera, incluso. Pero el halo de entusiasmo sagrado a las consolas ha dejado de ser una señal inequívoca de que mi centro de atención no era más que la fidelidad a las andanzas de Mario, Link o, poniendonos más bizarro, Kratos o Leon S. Kennedy.

Ahora diversifico más mis aficiones. Lo cual no deja de ser un problema, ya que el gasto que ellas genera sigue siendo el mismo. Por momentos me da por dedicarme a reforzar el inglés, retomar la divertida Historia de la humanidad, perderme entre los modos y teorías del pensamiento universales o quedarme prendado de la belleza que despredende la serenidad de una obra de Whistler.

Otras veces veo películas orientales, esto no es tan nuevo, escribo en un blog, hago platos de cocina exótica improvisada o comparto los beneficos de la compañía de un buena copa de vino. Placeres más etéreos que se me antojan necesarios.

Y entre todas las prioridades nuevas que he modulado en esta época de mi vida, se encuentra la de orientar a mi sobrino el mayor. Adrián es su nombre y no hace más que regalarnos alegrías a los que le rodean. Es el prototipo de chico con el que todo padre sueña para sus hijas. Serio, trabajador, responsable, preocupado y con una capacidad de emprendimiento que genera una profunda envidia en el que les escribe. Podría llenar el teclado con muchas y diversas babas si continúo hablando de él, pero no lo considero necesario. Es obvio que le tengo un cariño innato.

El caso es que se encuentra en el momento de su vida en el que modela su personalidad. Siente un profundo interés por todo lo que le rodea y se empapa de aquello que le ofrecen. Sabe seleccionar sus aficiones y transmite esa fascinación contagiosa por las mismas que hace que lo escuches con orgullo al hablar de ellas. Pero es ahí donde quiero intervenir, aunque no llego a tener claro del todo el modo de hacerle ver la vida con aspecto crítico y nada sumiso a lo que le enseñan. Quiero decir, no pretendo que comparta mis gustos. Quiero que me los discuta con criterio. Y no por el placer de hacerlo, que quien bien me conoce sabe que siento devoción por la retórica que circula toda discusión intrascendente. Sino por la sabia decisión de no dejarse influenciar por las ideas externas y, por el contrario, analizar cada una de ellas, ponderarlas y apreciar la base en la que se apoyan las mismas, para que con ese crisol de influencias sea capaz de madurar nuevos y más personales discursos que superen todo lo que yo siempre deseé.

Esa es una prioridad que intento llevar a cabo. Y no vean la alegría que supone el que recibas una llamada de su parte para simplemente confirmar que se está leyendo ese libro tuyo tan extraño que le habías insinuado.