Cuando lo tenía todo por convertirse en un ídolo de masas de fervientes admiradores devotos de la estética y la facilidad, Christina decide mantenerse fiel a unas ideas y dejar fluir sus sentimientos para componer las canciones que a ella le gustaban, aun sabiendo que la decisión la empujaría lejos de las radiofórmulas y los grandes escenarios donde alimentar su vanidad.

Cogió las maletas, hizo chas, y empezó a empaparse del sonido de Nieva York de sus idolatrados Sonic Youth y descubrió nuevas formas de expresarse más acordes con lo que buscaba. Regalo preciosas muestras de sus ambiciones en Flores raras o Continental 62, pero no eran sino esbozos de lo que estaba por llegar.

Y ese empujoncito se lo dio Nacho Vegas. A partir de ahí, todo es historia morbosa e innecesaria, pero...cuando uno escucha en silencio, todo cambia.