Intento entrar en una fortaleza de cristal y tanteo mis avances para evitar su derrumbe. He podido ver a través de sus ventanas amagos de vidrieras, tan oscuras para aquellos que no las perciben en su interior, y siento calidez y sosiego en sus estancias. Acaso proveniente de esa inmensa lumbre que envidio en la distancia. Sé que tu también quieres que entre, pero has visto ya demasiados caballeros en magnos corceles que pronto olvidan tu mirada.
Pero estoy desnudo. Ya me ves. He mostrado ser silencio y, como tal, acostumbro a estar callado. Conoces la delicadeza con la que cuido tu hermosura, la forma en que asiento ante tus desplantes y lo rudo que puedo ser cuando te proclaman. Pobres bufones. No entienden si quiera las enseñanzas de la mecánica clásica del viejo maestro ingles. Meros fariseos, cobardes, humanos. Aun recuerdo los desplantes que instauraron en mis Reinos. Pero no te preocupes. Hasta ellos comprobarán con desproporcionada brutalidad las verdades que rigen el tercero de los manifiestos.
Así que puedes abrirme esas puertas. Soy pretencioso, ya lo sabes. Quiero compartir contigo esta obra tan bella que susurra Virgina Wolf. Llevo horas sentado en el foso, así que no me importa pasar el resto de la tarde conversando contigo. Te hago una promesa. Verás como tus miedos solo esconden un enorme entusiasmo por sentirte feliz.

