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Terra
La Coctelera

La dificultad de un acercamiento

Intento entrar en una fortaleza de cristal y tanteo mis avances para evitar su derrumbe. He podido ver a través de sus ventanas amagos de vidrieras, tan oscuras para aquellos que no las perciben en su interior, y siento calidez y sosiego en sus estancias. Acaso proveniente de esa inmensa lumbre que envidio en la distancia. Sé que tu también quieres que entre, pero has visto ya demasiados caballeros en magnos corceles que pronto olvidan tu mirada.

Pero estoy desnudo. Ya me ves. He mostrado ser silencio y, como tal, acostumbro a estar callado. Conoces la delicadeza con la que cuido tu hermosura, la forma en que asiento ante tus desplantes y lo rudo que puedo ser cuando te proclaman. Pobres bufones. No entienden si quiera las enseñanzas de la mecánica clásica del viejo maestro ingles. Meros fariseos, cobardes, humanos. Aun recuerdo los desplantes que instauraron en mis Reinos. Pero no te preocupes. Hasta ellos comprobarán con desproporcionada brutalidad las verdades que rigen el tercero de los manifiestos.

Así que puedes abrirme esas puertas. Soy pretencioso, ya lo sabes. Quiero compartir contigo esta obra tan bella que susurra Virgina Wolf. Llevo horas sentado en el foso, así que no me importa pasar el resto de la tarde conversando contigo. Te hago una promesa. Verás como tus miedos solo esconden un enorme entusiasmo por sentirte feliz.

Detalles que conservo

Abro los ojos con timidez y compruebo tu presencia. Allí descansas, indiferente a mis pensamientos matinales. La placidez en tus movimientos me embriaga, me hipnotiza. Consigues que mi voluntad desaparezca, en una burda imitación del hechizo que anula a las serpientes, casi como si oyera sonidos embriagadores en la lejanas tierras.

Entonces iluminas la habitación.

Y me convierto en una sombra. Trato de imitar tus gestos, tus sonrisas, tus bostezos. Sigo tus pasos errantes hacia el baño, para poco después saltar hacia la despensa. Allí me tienes, oculto entre tus cereales, deseoso de acercarme a tus labios. Aunque no lo intento. Te conozco ya un poco. Hago tanteos, amagos audaces de quien reconoce el paulatino riesgo de acercarse a ti sin las armaduras serenas que me proporcionan las horas. Me sonríes mientras acerco una taza de café. Y entonces entiendo mi fortuna.

Ahora me doy cuenta de que tus silencios siempre fueron musicales. Tus enfados, retos que me atrevo incluso a conseguir. Tus caricias, tu forma de doblar calcetines, tu lecciones y aprendizajes, tus cremas y las cremas, motivos todos de exigir sus propios reflejos entre presuntuosas palabras.

Y, por si no te habías dado cuenta, tus amaneceres son motivos para irse de nuevo a la cama.

Tormentas

Atrás, a mi espalda, se oía el tronar de los cielos en furiosa armonía, como trompetas de bronce que anunciaban caravanas de elefantes. El fugaz resplandor lo abarcaba todo, iluminando el horizonte en un poderoso alarde de coquetería divina. Desde mi habitación alcancé ver a lo lejos los sauces temblorosos por el viento que rugía, emulando mis músculos su estremecedora e inquietante danza. Sentado en una esquina, empecé a notar en mis mejillas las gotas cayendo desde el tejado, representando una amalgama de salados fluidos al fundirse con mis llantos.

Y temí  volver la vista atrás. Noté con certeza el erizo de mi piel inerte por el persistente frío, susurrándome rumores de olvidadas tempestades que guardaba en mis recuerdos. Acobardado, amarré con fuerza mis dolidas rodillas con mis brazos, escondiendo la cabeza como un niño ante aullidos, buscando el superfluo amparo materno. Todo giraba a mi alrededor, llevando los recuerdos en ovales puñaladas que laceraban los restos de mi cordura. Todo parecía nitido, visible, doloroso otra vez.

Agarré un crucifijo. Mi interesada fe volvía a ser mi única compañera. Sollozé promesas que, como antes, sabía que no iba a cumplir. Y alcé la mirada hacia la negrura. Tuve que apartar los restos de mis lágrimas con el puño cerrado. No podía creer la frescura de los débiles rayos de sol que me sonreían con dulzura.

Catarsis insinuada

Insinúo entre mis letras pesadas cargas que libero a través de mis palabras. Pesadumbres que me acechan entre sombras, dispuestas a oprimir mis pensamientos hasta hacerlos enloquecer, en un alarde poderoso de sufrida infamia y contenida penitencia. Son muchos y reales esos fantasmas que ponen a prueba la notoria resistencia de la que suelo vanagloriarme. Pero todas las cadenas que algún día me engarzaron han pasado a formar parte de un contenido y difuso recuerdo.

La realidad de mis andares ahora es bien distinta. He alcanzado unas cimas que antaño consideraba inalcanzables. Mi esfuerzo, mi testarudez y mi soberbia han ejercido de pilares improvisados sobre los que he ido tejiendo una poderosa e implacable senda que va dejando bellas estampas florares en los caminos por los que he pasado. Y eso me mantiene altivo. Orgulloso de mis fuerzas, incrédulo ante mi corazón. He visto como las tormentas atronadoras se han ido alejando como ecos entre los valles, deseosos de retomar su perdida y añorada función. He moldeado a mi antojo estatuas de duro mármol, extrayendo de todas ellas cegadora luz. Poco importa ya mis sangrantes y maltrechos nudillos, mis puños, mis silencios.

Por esa razón mis ojos guardan un secreto que todos creen conocer. Un secreto que muchos se jactan de saber en todo su complejo esplendor, ciegos arrogantes en Pompeya. Un secreto de fácil deducción pero de abstracta complejidad que no podrán, pese a sus intentos, comprender en todas las túrbias aristas que lo componen. Y sabes, ahora que no me oyen, ¿por qué nunca lo entenderan?

Porque nunca estuvieron allí.

Un reflejo ondulado en el agua

Existen días como el de hoy en los que una pregunta ronda por mi cabeza de una manera redundante, casi como si de un eco lejano se tratara. Va y viene en oleadas y deja su murmullo en mis pensamientos para compartir con ellos mis preocupaciones cotidianas, alegrías, cansancios y hasta alguna que otra de mis perversiones. Su estancia en mi cabeza no es nimia, puesto que vuelvo una y otra vez a pensar en ella en momentos inesperados que me suelen coger por sorpresa, hasta obligarme a idear una solución a mi recién creado y absurdo dilema. Sólo se me ocurrió como respuesta ofrecerle mis espontáneas palabras, a ver si entre ellas halla un sentido o explicación a lo que, ya desisto, yo no encuentro.

Y es que me planteo con serena y cuidada curiosidad quien es aquella persona que, creo, que soy. Dilema filosófico donde los haya, pero tratando de acercarlo más a mi esencia. No busco respuestas a la Cuestión Principal del Ser Humano que tantos y tantos grandes pensadores dedicaron su vida y estudio sin encontrar un arquetipo universal. Es más pequeña la cuestión, o no. Busco quien es Robbie, quien se esconde bajo ese seudónimo, o tras Sinsangre o tras cualquier disfraz virtual que pueda maquillarme y que oculta una cuidada personalidad compleja de entender.

Cualquier análisis me remite a que, con toda probabilidad, bajo esos apodos se esconde el David. Enfemero, padre y amante. Una persona responsable que esconde sus secretos entre palabras crueles y metafóricas que parapetan una realidad que puede asustar o atraer a los extraños. Un individuo consciente de su suerte, soñador y entusiasta, escritor de pinceladas cotidianas y universales en un blog desconocido, que somete sus miedos a luces digitales y que aumenta detalles en proporciones colosales lo que ante otras miradas pudiera ser simples migajas.

Pero al mismo tiempo, soy reservado y flemático. Poco dado a las palabras que con desigual fortuna me encubre en mis textos. Paciente, conciliador, afable y cauteloso. Con una timidez innata que camuflo en sedas de descaro, esas que requieren perspicacia macerada en abriles a mi lado. Un ser que puedes encontrar asomado a un puesto de castañas, envidiando a los mimos del paseo, lagrimando ante colores oscuros de belleza enigmática o incluso saboreando un hojaldre de manzana en improvisados tronos para plebeyos.

No se, en definitiva, quien de todos ellos es aquel que realmente soy. Y no debiera de preocuparme, al fin y al cabo ya me he acostumbrado a mis defectos.

Julie and Julia

La mayor parte de Julie and Julia se pasa entre fogones. Calderos, cucharones, cuchillos y sartenes se fusionan con entusiasmos y aflicciones, con miedos y enterezas, con cariños en todas sus vertientes y con algunas pizcas, no demasiadas, de sal para dar forma a una de las formas más grandiosas de mostrar el amor hacia otra persona, regalarle una fusión de colores y aromas en un preparado banquete para dos.

Porque de eso va la película, aparentemente. De una chica perdida que encuentra entre muslos de pato,pinzas de bogavantes y troceo de cebollas una vía de escape para encontrar un sentido a su vida y de aquellos que la rodean. Para ello decide marcarse una meta personal en un breve periodo de tiempo en el cual plasmar su frustrada vida como escritora en las páginas de una bitácora. Un blog anónimo, como tantos, que de rienda suelta a sus pasiones escondidas y que merecen ser complacidas de una vez por todas.

Entonces se enciende el hornillo y se cuece la película a fuego lento. Y entre los ingredientes no se muestra a una aprendiz de cocina sino a dos, que tienen en común un desorbitado entusiasmo por lo que hacen y, sobre todo por el cómo lo hacen. Julie y Julia no se conocen. Son parte cada una de sociedades casi opuestas en apariencia que tienen como núcleo en común las necesidades humanas de sentirse parte de algo y no de sentarse a ver como los días de tu vida son rellenados con futilidades. Todos necesitamos querer a nuestra imagen reflejada. Queremos ver que nuestra vida cobra algún tipo de sentido gracias a nuestra presencia en ella. Y para ello no importa que hagamos carreteras, compongamos canciones eternas, sanemos a los incurables, o queramos mostrar al mundo que la mantequilla puede hacernos más felices que los placeres económicos que nos atan a un teléfono.

En un mundo tan despersonalizado como en el que nos encontramos existen, si uno se fija con detenimiento, personas que son capaces de sonreír ante circunstancias cruelmente desfavorables. Cuando uno se pregunta cual es su secreto se podría sorprender al notar cómo no es tan difícil de conseguir. Para ello, la próxima vez que te sirvan una tostada no la mastiques de manera automática mientras cambias el canal del televisor. Te sugiero que paladees lo sabrosa que la mantequilla está esa mañana.

Castillos de Naipes

Resulta que me he puesto melancólico. Y claro, ese aura de tristeza suele acompañar mis escritos personales que suelo escribir por aquí. Basta que inviertas veinte segundos en una imagen efímera, lo cual pasa a menudo,  para que tu conciencia decida arrodillarse un momento, casi como si pidiera alguna mano amiga que la soportara. Entonces tus aflicciones se reúnen en torno a las paredes de la casa y comienzan a asomar por entre las cortinas, debajo de las camas, en todos los cubiertos y platos sobre la mesa, en ropas dobladas y, hasta cuando te fijas bien, en olores escondidos en alguna que otra esquina.

Sé que hacer en esos momentos. Forma parte de un ritual propio que desobedece a las virtudes de una buena razón, pero que me niego a seguir en frías tardes como ésta. Bajo estas condiciones suelo refugiarme ente mis sueños y cuidarlos con deleites universales. Me siento en el salón y cubro mis pies con una pequeña manta de cuadros oscuros. Enciendo el ordenador y lo apoyo en mis muslos, pongo el reproductor de música y me alojo entre los susurros desgarrados de Bon Iver. El resto parece automático. Me consuela y enternece hasta el momento en que expulso los desaires en gotitas digitales. Como un virtual fermento, mis escritos me empujan hacia otras direcciones más optimistas, llegando a relativizar a mis lágrimas que ya parecen de alegría.

Entonces aumenta el volumen de la música y de entre mis labios empieza a emerger mis murmullos. El balanceo de mis pies me indican que se puede bailotear sin apenas moverme del lugar y el desaparecido temblor en mis dedos me hace recordar que al amparo del cariño toda carga no es más que molestias al andar que no impiden tu paseo.

Abro la ventana y ya la noche me saluda. Oculta entre luces anaranjadas, la ciudad continúa su rumbo incesante escondiendo entre cortinas miles de historias dignas de ser admiradas por su naturaleza. Si ves entre todas ellas a un muchacho mirando con esperanza hacia la cocina dile que es una persona afortunada, aunque creo que lo sabe de sobra.

Al amparo de una copa

Los efectos embriagadores de un buen vino me nublan la conciencia. No llego a perder la cordura, si es que alguna vez la tuve. Soy esclavo de mi razón y trato de guiarme por sus consejos.Sin embargo, noto como se debilitan aquellas ataduras mentales que, con más frecuencia de la que quisiera, me inhabilitan para conceder una oportunidad a mostrar mis sentimientos en voz alta. Padezco de timidez, como muchos tantos, y he encontrado en las letras una vía para destapar esencias que se reconocen en mis miradas.

Sorbo a sorbo me deleito con el paladeo de la vejez en barrica. No soy entendido, pero aun con las limitaciones de mi ignorancia sobre la esencia de los caldos asimilo que la virtud de compartir una copa radica en el verbo. En confirmar que el dulzor que acompaña tus labios no dista demasiado del que pueda saborear quien esté a tu lado. Quizás bajo esas condiciones de rendición serena termino por deshacerme de mis coartadas y mostrarme tal y como soy.

Ahora duermes. Y yo continúo con esta deleitosa emanación. Estás aquí a mi lado, serena y consciente de la dicha que nos enajena. Tu lenta y armoniosa respiración tiene el poder de ahuyentar los miedos que me acechan y que, ahora, no recuerdo. Lejanos en el tiempo, mis fantasmas aúllan incrédulos ante mi reciente lograda amnesia y se preguntan el cómo permitieron emancipar a una presa tan evidente en aquel lejano destello. Mueves el brazo para reconfortarte con las sábanas, suspiras, abres los ojos y me sonríes. El amago desaparece entre bostezos y continúas viajando hacia la realidad, tan distinta al sueño en el que ahora yo me encuentro.

Todos me decían que estaba loco. Pudiera ser, no lo niego, pero siempre he sido un loco testarudo