Nunca pensé que fuera tan difícil. Y sin embargo lo está siendo.
Y eso que era consciente de los temblores que balanceaban el puente en que nos movemos. Veo a uno y otro lado zarandeadores que no pararán hasta que uno de los dos apoye su brazo en el suelo. Su esencia, su encono y sus súplicas no serán saciadas puesto que no existe tan colmado maná. Son muchas las generaciones que los preceden, muchas las heridas no cicatrizadas que riegan tierras áridas. Son entes fantasmales que no aceptan su nueva situación, tratando de trivializar lo que ni yo mismo puedo trivializar.
Pero me caracteriza mi estoica resistencia. Mil grietas asoman ya en mi cara, mostrando cansancio y experiencias como trofeos de guerras no ganadas. Mil noches insomnes. Mil lágrimas con mil lamentos. Miles y miles de por qués sin un solo porque. Pero ya conoces que sin ser un Leónidas tengo flema de espartano y rindo cuentas en mis peculiares batallas aun sabiendo que mi destino siempre andará coloreado de noches.
Forjaré una nueva espada ante mis recurrentes enemigos. Hierro y fuego contemplaré como aliados en la eterna gresca a la que hago frente. Usaré piedras si es necesario. Pero, te lo ruego, no dejes de iluminar mi camino.

Mucho podría contar sobre una película tan compleja como es El secreto de sus ojos. Podría empezar a diseccionar la elaborada factura de un guión maravilloso, la inteligente y compleja disposición de las cámaras durante el transcurso de la obra, acompañadas de una facturación técnica inmejorable o la acertada y mágica interpretación de cada uno de los personajes que integran la trama. Análisis técnicos que no domino muy bien, puesto que disfruto de las películas sin que su modo de producción me impida verlas como un producto bien facturado más que como una historia formidable.
Yo prefiero empatizar con ellas. Buscar aquellos detalles que confieran a la historia ese hechizo por el cual dejas de ver unos personajes interactuando para sentirte tu mismo parte de la trama, con su sufrimiento y sus momentos de regocijo. Como cuando sueltas una sonrisa tímida y escondida al mismo tiempo que acercas tu mano a tu mejila para ocultar tus lágrimas. Esos momentos en los que dejas de ser un espectador indiferente para transformarte en un amigo que solamente escucha.
El secreto de sus ojos está llena de esos momentos encantadores. Es un regalo de miradas escondidas y, claro está, de secretos. De esos que todos ocultamos y que entendemos aun sabiendo que su negación formará parte de nuestra respuesta ante los demás. A lo largo de sus quince minutos de duración (aunque he leído que dura dos horas) te envuelves en una atmósfera atemporal en la que exiges a la pantalla que actúe, que te imite y en la que llegas a temblar cuando compruebas lo complicado que resultan las cosas más simples. Algo así como lo que nos pasa a todos.
La trama, es lo de menos. Hay un caso judicial que resolver y de eso va la película. Pero creo que es lo menos interesante de la obra. Se disfruta más sabiendo que El secreto de sus ojos va sobre eso. De Secretos y de Miradas.
Quizás si miro atrás en el tiempo quede desilusionado. Veo allá a lo lejos a un niño con tímidas ambiciones que ansiaba cumplir con premura, con un apetito voraz que no sería saciado hasta alcanzar lo inalcanzable. Me veía navegando por mares en veleros solitarios, recorriendo a pie murallas y catedrales de extrañas culturas contradictorias, acudiendo a ceremonias solemnes que premiaran mis obras por su belleza, originalidad o aportaciones a la humanidad. Recogía premios, los donaba y conseguía ser admirado y envidiado a partes iguales en una muestra insana de ingenua vanidad.
Pero aquí estoy, apoyado en el sofá con un ordenador en las manos escuchando música extraña. Sigo con mis largas jornadas hospitalarias (no las amistosas, sino las otras), cuido niños en mi tiempo libre que ha dejado de serlo y mi mayor ambición para esta semana consiste en escribir varios artículos en la página, disfrutar de una película en versión original y tomarme una copa de vino acompañado. Las capas de polvo se han ido acumulando y ya me impiden apenas moverme de éste lugar.
Me tacho de vulgar. Es una vida opuesta a lo soñado. Las promesas que me hacía no han hecho más que resquebrajarse en mil pedazos y esparcirse a lo largo del salón donde se escuchan los ecos de Bon Iver. Así que lamento entre sollozos y recojo esos pedacitos con cariño. Al fin y al cabo sigue siendo mi vida y continúo navegando por mares en veleros solitarios, recorro murallas y catedrales y acudo a ceremonias solemnes. La diferencia está en que no necesito el resto.
Recuerdo hace años, cuando vi aquella película del fantasma enamorado, que me angustiaba la idea de no poder tocar. Mi obsesión con las manos transformaba la esencia de dejar la vida para convertirte en un ser etéreo que vaga por las calles en busca de justicia en una simple y aterradora cuestión táctil. Claro está que el protagonista poco a poco va descifrando los códigos de conducta que todo aquel buen fantasma debería conocer para vivir entre los difuntos pero, hasta entonces, su naturaleza se había desfigurado en un auténtico martirio.
Ayer me pillé un dedo. Podría adornarlo con catastróficas metáforas de dolor y sangre infinitas, que lo hubo, pero fue una simple y vulgar rotura de uña. Claro está que lo escribo y lo leo y, sobre la marcha, paso página entendiendo que la dolencia es poco menos que infantil. Pero Duele. Y lo que es peor, he muerto. Así, sin mas. No puedo tocar nada sin que me fustiguen mil demonios con látigos engarzados con arpones de espinas, por lo que el simple gesto de lavarme mis manos se transforma en una auténtica odisea.
Así que no puedo estar mucho tiempo con el dedo en su posición natural, cargar pesos ligeros con esa mano, rascarme una parte de la espalda, pulsar la tecla A con naturalidad, rozar tu cuello como costumbre, pelar papas ni mucho menos picar cebollas, hacer las camas (deshacerlas si), jugar a la wii, a la play y a aquellos electrodomésticos que siguen acumulando polvo. No puedo hacer todas esas tareas que tan poca importancia tienen cuando estás capacitado para hacerlo pero, analizándolo con tranquilidad, tampoco es tan malo cuando lo hacen por ti.
A éstas horas de la mañana me doy cuenta que me he vuelto un mimoso.
Hablas por teléfono y sólo recibes ecos. Retales de ilusiones que te encantaría se plasmaran en hologramas que tocar y disfrutar. Meras copias de realidad que me servirían de placebo en periodos de soledad, de poblada soledad . ¡Que le voy a hacer! La vida tiene esas pinceladas surrealistas en la que lo simple queda distorsionado por una realidad machacona e inevitable.
Aun así me conformo. Soy de esos conformistas o, más bien, dedico mis energías a buscar pepitas de chocolate en galletas que, de otro modo, siempre sabrían amargas. Me va bien así. Soy esclavo de un carcelero implacable que conoce mis debilidades como si fueran las suyas. Que de hecho lo son.
Así que coloco los labios y silbo aunque queda poco aire en mis pulmones. Noto como, a tientas, el aire trata de colarse por los resquicios de mis dientes y pese a que no consigo oír nada a través de ellos, te acercas lentamente por mi espalda, acaricias mi cuello con firmeza y me silencias con tus dedos. El miedo desaparece difuminado entre tus besos.
Voy caminando deprisa, atravesando aceras sin rumbo fijo. Baldosas cuadradas se intercalan unas contra las otras formando un baile tosco de líneas que tienen su continuación en los pasos de los transeuntes. Aislados como yo. Cada cual dentro de su burbuja impenetrable. Los pasos lo acompaño de los ritmos tribales de una música desconocida que se me antoja, desde ese momento, como parte inherente de mi. La disfruto mientras cierro los ojos. Paso a paso, nota a nota, todo se vuelve apacible cuando los pensamientos caen diluidos entre métricas definidas.
No recuerdo bien lo que quería hacer, así que decido seguir caminando sin rumbo fijo. Paro en un local de discos, donde ojeo sin interés las miles de novedades que potencian mi impotencia sonora. Ya hace años que no encuentro excitación en radiofórmulas prefabricadas. Aun así los miro, acaricio, buscando continuar un ritual que antaño formaba parte de mi. Acerco mi mano al reproductor de mp3 y elijo lo más opuesto y sonrío.
Los minutos avanzan y guían mis pasos. Dejo atrás todo aquello que buscaba con la satisfacción de aquel que no busca ya nada. Mi avaricia quedó anclada en un programa de televisión donde los concursantes pugnaban por quien entre todos ellos conseguía imitar mejor a Belén Esteban. En los periódicos digitales anuncian la muerte de un grande y no puedo más que rememorar las tardes que disfruté acompañado con su presencia.
El tiempo ha pasado para él. Y también para mi. Es un ente insaciable y cruel que se esconde para sorprendernos en tardes lluviosas como la de hoy. Busco en mis bolsillos la llave del portal y vuelvo a casa.
Mil días de rabia acumulados en mis puños. Los agito al viento intentando golpear sacos imaginarios que permanecen impunes a los golpes. Pierdo la fuerza. Me muerdo el labio y siento un familiar regusto férreo que trago por costumbre. Busco olores en el aire, tratando de identificar una presa, o dos, que calmen mi sed impasible. Jadeo, rebuzno y chillo hasta que las ventanas suplican por un poco de silencio. Dejo espacio a las lágrimas para que enfríen dentro de sus posibilidades todo la cólera acumulada. Contemplo mis nudillos llenos de sangre.
Agrietados, lacerados, afligidos en su simpleza, recorren con súplica la habitación en una búsqueda eterna de algun ser moribundo. Los ríos de sangre confluyen en un mismo punto, en espirales macabras que parten de un mismo centro no muy alejado de donde me encuentro. Sucumbo a la realidad al verme allí de nuevo sólo. El eco de mis gritos regresa y me hace tiritar.
Cuando mis manías se entrelazan con las tuyas uno termina por perder la posesión de aquellas extravagancias que nos definían. Eras tú o yo quien dejaba orientados los interruptores, porque que yo recuerde empezaste con la colocación de los cubiertos en orden preestablecido mientras yo aguardaba los restos de agua que apuraban el grifo. Ahora ya no se si cierro las puertas con llave por miedo o por costumbre. O si, como me temo, he perdido el miedo a las costumbres.
Ya no me extraña verte sentada ante la pantalla del ordenador, con la mirada pérdida, ausente de mi presencia. Veo cotidiano los subtítulos en las películas y tus desplantes ante lo comercial de las propuestas radiofónicas. Quizás sea más bien al contrario y éso sea sólo el reflejo de un espejo que me confunde una y otra vez. ¿Quien sabe? Podrías ser tu la que escribiera estos artículos y yo el que los leyera agazapado en las sombras. Tu único y fiel lector.
Pero no puede ser. No concuerda con la realidad. Yo se quien soy, cuales son mis excentricidades y mis caprichos. Soy yo quien disfruta de las variedades de queso y el chocolate amargo, de las películas exóticas y los personajes extravagantes, de los ruidos armónicos recreados para una minoría. Soy yo el que no salta ante los triunfos conteniendo su euforia y quien relativiza las victorias con modestias pasajeras. Soy yo, yo, yo, no te engañes.
Sin embargo, cada vez estoy más confundido. ¿Cuándo entraste en mi vida?